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domingo, 28 de diciembre de 2014

«En cada vida hay tres, cuatro episodios esenciales, determinantes. En esos episodios me gusta bucear.» Entrevista a Vicente Valero, autor de Los extraños y nominado a los Premios Cálamo 2014

Se acercan los premios Cálamo 2014 y seguimos entrevistando a algunos de los 16 nominados.
Hoy es el turno de Vicente Valero. Su debut en la narrativa, Los extraños (Ed. Periférica) fue uno de los grandes libros de la narrativa española del 2014. La vida de cuatro "extraños", cuatro familiares de Vicente de Valero de los que él sabe poco más que el nombre son el punto de partida para un ejercicio literario donde se entretejen las memorias, la investigación periodística, la historia de España y la poesía. 
Con todos ustedes, Vicente Valero:

Vicente Valero
Los extraños es tu debut en la narrativa. ¿Es posible este libro sin toda tu obra anterior y los géneros que aborda? La poesía, la biografía, el ensayo, la literatura de viaje…

Probablemente no hubiera sido posible. Es cierto que en él hay mucho de lo que había venido haciendo. Siempre me ha interesado la vida de los otros como relato, pero lo que me gusta especialmente es contar breves episodios que puedan dar sentido a una vida entera o que consigan marcarla de una manera muy precisa. No me interesan tanto las grandes biografías como las pequeñas y parciales. En cada vida hay tres, cuatro episodios esenciales, determinantes. En esos episodios me gusta bucear.

La investigación de cuatro familiares, cuatro vidas misteriosas y de las huellas de esas vidas en tu propio cuerpo y espíritu: parece una tarea dura y con pocos antecedentes: ¿tuviste que forjar un método de investigación antes de lanzarte a la escritura del libro? ¿Un método de escritura que fusionara la investigación periodística con lo ficcional y lo biográfico?

Mi principal fuente era el recuerdo. Me hubiera gustado escribir solamente desde los recuerdos de la infancia. Es decir: construir las historias a partir de lo que me habían contado o yo había conseguido saber cuando era niño. Dejar que fluyera la voz de aquel niño que hizo muchas preguntas. 

Pero este es sobre todo un libro de olvidos, voluntarios e involuntarios, de los míos propios también. Las cuatro historias nacen del olvido.

Como narrador, lo que intento es completar esos olvidos con muchos datos dispersos que he tenido que ir a buscar, a veces reveladores, pero siempre procurando que no se pierda la atmósfera de extrañeza, la niebla que ha existido entre ellos y yo. En realidad, seguramente sé menos de ellos de lo que hubiera podido saber.

¿Existe alguna búsqueda en la literatura similar a la de Los extraños que tuvieras presente durante la escritura? ¿O algún autor?

Hay grandes escritores de familia y muy distintos, todos me han ayudado de algún modo, desde Bassani a Bernhard, desde Canetti a Michon. La familia es un tema universal y son muchos los puntos de vista. 


Algo en el mecanismo de Los extraños me recordó a La invención de la Soledad, de Paul Auster. Cuando su padre murió, la necesidad  de escribir y evitar que esa vida desaparezca fue para Auster de una importancia capital. ¿Ocurre algo parecido con tu búsqueda de esos extraños? ¿Una necesidad de recuperar del olvido esas vidas que forman parte y han dado forma a la tuya? 

Me interesaba saber también qué era lo que había en mí de ellos, que podía haber heredado de esos extraños sin saberlo. Y qué estaba haciendo yo con esa parte de ellos que había heredado. En cierto modo, este aspecto condicionaba mi búsqueda. Supongo que encontrándolos a ellos y reconstruyendo sus vidas me estaba conociendo un poco más a mí mismo y, sobre todo, estaba conociendo mejor a mi familia.

Los extraños, de Vicente Valero. Ed, Periférica.
Cada relato —quizás el último sobre todo— se relacionan de manera directa con episodios de la historia de España que se entretejen, y se forma una relación curiosa entre lo particular de esas vidas menores y lo más universal y común a todos…

Pertenezco a una generación que ha crecido en libertad y ha hecho más o menos lo que ha querido hacer y ha vivido donde quería vivir. Realmente es un lujo, si uno mira hacia atrás en la vida de los españoles. La vida de mis ‘extraños’ estuvo condicionada completamente por la moral dominante de una sociedad muy cerrada, antes y después de la guerra civil, y por el desastre de la guerra misma… Para alguien de mi generación, estas vidas siempre al borde del fracaso, o abocadas a él, condicionadas hasta tal punto por la realidad histórica, resultan extraordinarias, casi épicas.


Los cuatro "extraños" que forman el libro, ¿fueron desde el comienzo los que tenías en mente? ¿O hubo algunos que quedaron fuera pero fueron posibles candidatos?

Quedó fuera el más extraño de todos, mi abuelo paterno, de quien solamente sé su nombre, su profesión y el año de su muerte (1936). Su mujer, mi abuela, se divorció de él en la época de la República, e impuso un silencio total sobre su figura que por lo visto todavía perdura en mí. La verdad es que no hubiera sabido ni por dónde empezar su relato. Pero recuerdo que mi abuela, cuando yo era niño, algunas veces –más bien cuando estaba enfadada-, me decía que me parecía bastante a él… Nadie se atrevía entonces a preguntar por qué. 


* * *

Puedes votar a tu nominado favorito en Librería Cálamo: ¡busca las urnas y participa!


lunes, 14 de octubre de 2013

«Lo fundamental era alcanzar una escritura que hiciese sentir a oscuras al lector». Entrevista a Isaac Rosa, autor de La habitación oscura

Isaac Rosa (Sevilla, 1974) es un narrador que construye con su prosa obras que van más allá de lo puramente estético, lo puramente narrativo. Hay detrás una reflexión y una invitación a la reflexión. Quien haya leído El vano ayer (Seix Barral, 2004) o su última novela, La habitación oscura, sabrá de qué hablamos. Si en la primera el autor experimentaba con la ficción histórica, en La habitación oscura los hechos se entrecruzan con la realidad más radicalmente actual –crisis, explosión tecnológica, alienación– y vuelven del todo imposible para el lector salir de la novela ileso. Como anticipo de su visita el próximo jueves 17 de Octubre en Cálamo, conversamos con Isaac Rosa sobre su último libro.

Isaac Rosa. 

Comencemos por los aspectos estéticos de La habitación oscura.  Una de las cosas que suelen decirse de El corazón de las tinieblas, de Conrad, es que su traducción es difícil porque el inglés tiene muchas más palabras para matizar los distintos tipos de iluminación y oscuridad, y Conrad prácticamente agota el idioma en ese sentido. ¿Fue un desafío para ti escribir esta novela donde la mayor parte de la acción –descrita siempre con enorme precisión–  tiene lugar a oscuras?

Isaac Rosa: Sí, fue un desafío, y todavía me parece milagroso que haya conseguido salir vivo de la habitación oscura. Lo fácil era perderse en ella, enredarse en la potencia literaria de la oscuridad, y yo mismo tropecé varias veces mientras escribía, deambulé a ciegas por ella y tardé en encontrar la voz desde donde contarla y el ritmo que buscaba. Lo fundamental era alcanzar una escritura que hiciese sentir a oscuras al lector, ya que éste entra en la habitación desde la primera página, y no sale hasta la última. La mayor parte de las decisiones formales en la novela apuntaban en la misma dirección: reproducir un discurso “a oscuras”, trasladar a la página el tipo de pensamiento que uno tiene cuando pasa mucho tiempo a oscuras y en silencio: un pensamiento embarullado, irresistible, desbocado, confuso, a veces acelerado, otras muy lento hasta congelar el tiempo, que no respeta cronologías, que avanza y retrocede. Y lleno de imágenes, porque por paradójico que parezca, la oscuridad está siempre llena de imágenes, que incluso se ven con más claridad que cuando la luz nos deslumbra. Es cierto que el lenguaje era otro desafío: evitar la repetición de palabras pero sobre todo de figuras literarias, prolongar la sensación de oscuridad durante decenas de páginas sin ser redundante.

La habitación oscura que da título a la novela es un refugio de escape de la realidad para algunos personajes, y un punto de partida, de toma de consciencia y de lucha para otros. ¿Crees que en el acto de escribir, de hacer literatura, se presentan estas dos opciones: escapar o criticar? ¿Hay por tu parte, en el momento de crear La habitación oscura, algún tipo de decisión consciente en este sentido?

I.R.: La habitación de esta novela, que es en primer lugar un espacio físico, es también un lugar simbólico, y con fuerte carga metafórica. Representa un refugio, pero no solo eso: su oscuridad es una forma de no ver ni ser visto en un mundo de hipervisibilidad; y es además una posibilidad de salir del mundo entrando en ella, las categorías dentro-fuera se intercambian. Comparar la habitación oscura con la propia literatura no entraba en mis cálculos, pero reconozco que mi capacidad de elaborar metáforas se ha visto desbordada por esta habitación oscura, que no deja de sumar nuevas interpretaciones según entran los lectores. Dicho esto, comparto que existen esas dos opciones al escribir: escapar o criticar. Pero las fronteras entre ambas opciones no son claras ni impermeables.

La habitación oscura. Seix Barral, 2013.

Los personajes de la novela conforman un mosaico del que puede decirse con facilidad que “describe a una generación”. Sin embargo, el alcance de las historias y los quince años que abarca la novela amplían ese espectro. ¿Crees que sea posible que, como a Cortázar con Rayuela, hayas pensado en los problemas de una generación y hayas descrito también los de la siguiente? ¿La de los que ahora comienzan su vida laboral, su independencia?

I.R.: Lo de “novela generacional” siempre es algo conflictivo. Yo no tenía intención inicial de escribir algo así, y si lo hago no es con intención sociológica, sino personal, y esa clave generacional tiene una obvia explicación biográfica: desde el momento en que hablo de “mi crisis”, la forma en que percibo el tiempo que vivimos, lo hago desde una sensibilidad, un pasado y unas expectativas que son comunes a buena parte de quienes como yo nacieron en los setenta, quienes hoy llegamos a la edad adulta en medio de este derrumbe generalizado. Y sí, acabo llegando a un relato generacional, aunque no escrito para una generación determinada, sino desde ella. No sé si ese retrato es válido para quienes vienen después. Pienso que los nacidos en los ochenta, o no digamos ya los noventa, están en mejores condiciones que nosotros para enfrentar el presente, aunque a menudo nos parezca lo contrario. Ellos tienen (o deberían tener) menos miedo que nosotros, pues tienen menos que perder, no temen perder unos derechos, un bienestar y unas promesas que apenas han disfrutado o que ya habían desaparecido cuando ellos llegaron. Eso debería hacerlos más audaces que nosotros.
«Todavía me parece milagroso que haya conseguido salir vivo de la habitación oscura. Lo fácil era perderse en ella, enredarse en la potencia literaria de la oscuridad.»
Por último. Contra la idea de la oscuridad, del aislamiento total, ubicuas en la novela, se contrasta otra idea igualmente presente: la del panóptico, la de la observación total y constante de la intimidad a través de las nuevas tecnologías. ¿Hay un punto medio de comodidad, de conciliación, entre estos extremos? ¿Crees que es posible encontrar la convivencia de la intimidad y la explosión tecnológica?

I.R.: Esa es otra de las interpretaciones de la novela, lo comentaba antes: la oscuridad de la habitación frente a la hipervisibilidad en que vivimos, este tiempo en que somos observados y a la vez observadores sin descanso, siempre estamos viendo y siendo vistos. Como muchos, yo siento una creciente “fatiga de visibilidad”, me agota estar sometido a continuos estímulos visuales, tener que ver el mundo en tiempo real y a todas horas desde todas las pantallas. Y a la vez estar permanentemente a la vista, expuesto, desde la perversión del panóptico, donde tal como lo formuló Bentham, lo importante no es tanto que te vean, como que puedan hacerlo; no tanto que te observen, como que tú pienses que puedes ser observado. Es ya un lugar común remitirnos a Orwell y su 1984, pero así es: uno abre hoy su novela anticipatoria y se encuentra enseguida con la ‘telescreen’ que Orwell sitúa en todas las casas, que funciona a la vez como televisor y como cámara de videovigilancia permanente. No puedo dejar de pensar que tengo una perfecta ‘telescreen’ sobre mi mesa de trabajo, o ahora también en el bolsillo con los dispositivos móviles. No sé si es posible ya una convivencia entre intimidad y tecnología, la invasión de la segunda sobre la primera es apabullante, y como se dice en algún momento de la novela, la intimidad es ya un lujo, una forma de poder adquisitivo, al alcance de quienes pueden permitírselo. Por otro lado, tampoco parece importarnos demasiado, teniendo en cuenta las facilidades que nosotros mismos damos, y la normalidad con que aceptamos las revelaciones de Snowden sobre el espionaje generalizado, o la indiferencia que nos provoca algo de lo que hablo en mi novela: la extensión de las tecnologías de vigilancia al ámbito de las empresas, para controlar a los trabajadores.

 Isaac Rosa presentará La habitación oscura el próximo jueves 17 de Octubre en Librería Cálamo. ¡Continuamos ahí!

miércoles, 8 de mayo de 2013

Manuel Vilas: «Yo inventé una Zaragoza que no se había visto jamás»

Dónde empieza el personaje de Manuel Vilas y dónde acaba la persona de Manuel Vilas —o al revés— es un interrogante que a veces puede asaltar a quien ha tenido cerca al inconfudible escritor. Pero Vilas no hay uno solo. 
O sí. 
Vilas es uno y muchos. Él es, por encima de todo, una actitud. El arquitecto literario de la Zaragoza actual. Y un ensayista camuflado de contador de historias. Y un inventor polifacético, como así ha revelado con su última novela, El luminoso regalo, en la que ha pegado un giro radical en relación a sus títulos anteriores. Manuel Vilas es también uno de los autores favoritos de Cálamo, y próximo invitado de honor en la librería. Anticipando un merecidísimo homenaje aprovechamos para conversar con él. 



Durante algún tiempo, uno de los detalles de tu literatura más sonados fue el descubrimiento que hiciste de Zaragoza al resto de lectores españoles, acostumbrados a una literatura que parecía pivotar solo entre Madrid y Barcelona. ¿Tendremos más Zaragoza en los próximos títulos de Vilas? ¿Cuál es actualmente tu relación con la ciudad? 

MV: Yo inventé una Zaragoza que no se había visto jamás. La Zaragoza que salía en la literatura anterior o simultánea a la mía era tradicional, histórica, costumbrista y realista, cosa que está muy bien y que aplaudo. Tiene que haber de todo. Pero a mí me apetecía otra cosa y entonces me inventé una posmoderna, fantasiosa, batmaniana, kafkiana, inesperada. Mi relación con la ciudad es excelente. Yo amo Zaragoza, pero me gusta pensar que Zaragoza puede expandirse por terrenos literarios que vayan más allá del realismo y del costumbrismo. Repito: tiene que haber de todo, y Zaragoza da para un imaginario literario inacabable. Se puede seguir haciendo realismo, pero también posmodernidad. Eso es lo bueno: la pluralidad de visiones, eso nos enriquece a todos, y de eso Zaragoza sale cultural y literariamente beneficiada. Cabe todo.
«En tiempos duros los lectores necesitan la verdad; la verdad que muchas veces es contundente, sucia, extraña y difícil de asumir.» 
En el arco que va de España a Los Inmortales, Manuel Vilas parece un narrador con unos rasgos muy reconocibles a sus lectores: escribe contra las formas convencionales, se despliega como un talentoso humorista y a nadie se le escapa su simbología. Luego ya no. Luego llega El luminoso regalo y Vilas —me refiero a ese narrador reconocible— decide cargarse todo eso para empezar otra cosa con unos cimientos  que en cierta forma van contra lo que ya habías construido. ¿Cómo estás llevando ese proceso con tus lectores más fieles?, ¿cómo ves que la gente este llevando el cambio del luminoso Vilas a un Vilas más sombrío?

MV: Yo creo que efectivamente he cambiado, pero hay un sustrato que permanece inalterable, al que podríamos llamar la marca Vilas, que no es otra cosa que escribir bajo unos parámetros morales y literarios diferentes. Ni mejores ni peores, simplemente diferentes. He querido reinventarme como escritor. Me apetecía buscar otros mundos y otras formas. En cuanto a mis lectores, tengo de todo. Unos son fans de 'España', otros de 'Aire Nuestro', y otros de 'El luminoso regalo. No se ponen de acuerdo. Me volvería loco si les hiciese caso. La obligación de un escritor es escribir. Lo demás no es de su competencia.

El luminoso regalo es la última novela de Manuel Vilas y está publicada en Alfaguara (2013)
Hablemos de política. Uno de tus poemas más sonados es aquél de McDonald’s que se contempla en Resurrección, donde podría entenderse que se trata de un encomio al capitalismo (aunque una de las mejores cosas que tienen tus textos es su ambigüedad ideológica). Años después, al menos por lo que de ti sabemos en las redes, parece que te has vuelto bastante más escéptico que entonces. ¿Cómo crees que debemos leer políticamente tus textos? ¿Y qué me dices del propio Manuel Vilas, cuál es su ideario? 

MV: Hace unos días, en una charla en Casablanca, Marruecos, un alumno de instituto me amonestó por insultar a los McDonald´s. Ese alumno había leído mi poema McDonald´s y creía firmemente que ese poema insultaba a la cadena de restaurantes McDonald´s. Se sintió ofendido. Vivimos en tiempos muy raros, y la ambigüedad es una marca de la casa Vilas, porque simplemente la vida, como ya sugirió Cervantes, es ambigua. Nadie sabe qué está pasando. Ese es el tema de mi poema McDonald´s: el misterio de la vida. Mi ideario, como ciudadano y escritor, es bien claro: soy marxista y me gusta especialmente el psicoanálisis de inspiración marxista. El marxismo y el psicoanálisis son los cimientos de cualquier especulación seria sobre la realidad.
«España sigue siendo un país muy pacato a la hora de hablar de sexo y erotismo.»
En tiempos duros y convulsos como los nuestros, ¿qué crees tú que necesitan los lectores, historias trágicas o cómicas?

MV: Necesitan la verdad; el objetivo final de un escritor es escribir la verdad; la verdad que muchas veces es contundente, sucia, extraña y difícil de asumir. Eso pasa en “El luminoso regalo”, novela que me ha permitido comprobar que España sigue siendo un país muy pacato a la hora de hablar de sexo y erotismo.



jueves, 18 de abril de 2013

Laura Huerga: «Nuestra ambición es publicar novelas contemporáneas que lleguen a ser clásicos» (Nuevos tiempos, nuevos editores III)

La forma de editar de Rayo Verde consiste en adoptar una visión panorámica del mundo literario que alcance mucho más allá del terreno conocido y en el que muchos están acostumbrados a sondear. Por ejemplo, su convicción en el proyecto les permitió contratar los derechos de Todo está tranquilo arriba, (Premi Llibreter) antes siquiera de tener catálogo. Navegan entre la novela y el relato, con dos colecciones pensadas para ofrecer el más alto nivel literario. Miran tanto a los nuevos autores españoles como a escritores de cualquier parte del planeta, sin miedo y con confianza en que la calidad siempre encuentra un lector apasionado. Anuncian, además, que en septiembre publicarán un Premio Cálamo, Juan José Saer. Entrevistamos a Laura Huerga, su editora: una conversación llena de entusiasmo y una muestra de verdadero espíritu por editar.


Rayo Verde llegó con una voz clara al mundo editorial. Según vuestras palabras, con la intención de aportar lecturas más inquisitivas, comprometidas e inconformistas a los lectores. ¿Veis, entonces, la literatura como algo más que un pasatiempo placentero?

Leer es un placer, pero pensar también puede serlo. Ser más consciente de tu entorno, de la sociedad en la que vives o de ti mismo no tiene por qué hacerte infeliz sino al contrario. Aunque la realidad sea desoladora también siendo conscientes es como cabe la posibilidad de cambiarla, en cualquier otro caso, es imposible.

Vuestro catálogo ya ronda, en estos momentos, los doce títulos. ¿Cómo definiríais hasta ahora los campos que habéis abierto? ¿Y vuestras dos colecciones, Rayos globulares y Relámpago?

Bueno, hemos dado a conocer nuevas lecturas y nuevos autores, eso es ya un orgullo. Hemos publicado títulos de otros países que aquí son completamente desconocidos. Rayos globulares vendría a ser nuestra colección de novela, en el sentido clásico del término, y su significado es de títulos que perduran en el tiempo. Novelas contemporáneas que puedan llegar a ser clásicos, esa es nuestra ambición. Relámpago reclama el espacio de la novela corta, donde se encuentran excelentes obras literarias y como comentamos en la web “su acción es fugaz y poderosa pero permanece en la retina y en la memoria”.



Otra de vuestras apuestas importantes es publicar a autores poco conocidos, ignorados por el gran conglomerado de los grandes grupos editoriales y sus drásticos criterios comerciales, y fomentar su difusión y valor literario. ¿Qué criterios tenéis para incorporar a un nuevo autor en vuestro catálogo?

Los criterios son subjetivos, básicamente que sean autores que creamos que aportan algo a la literatura y no se limiten a copiar una fórmula que se sabe que funciona. 

«Buscamos autores que no se limiten a copiar una fórmula que se sabe que funciona»

Algunos de nuestros autores han sido muy premiados fuera de nuestras fronteras y gozan del reconocimiento del público y de la crítica, así que no es difícil concederles un valor literario, traducirlos y saber que no te equivocas. Otros, como el caso de los brasileños Figueiredo y Kucinski, fueron premiados en su país después de que decidiéramos publicarlos. Lo difícil es explicar por qué le concedemos a un libro ese valor literario sin que haya obtenido todavía ese reconocimiento, como en el caso de los dos autores noveles que tenemos en el catálogo. En ese caso, el reconocimiento de su valor literario viene después, como con Víctor Sabaté, que ha conseguido críticas muy buenas en La Vanguardia o El Cultural pese a estrenarse con una novela corta (y con una editorial desconocida).

¿Cuál ha sido la respuesta de los lectores ante vuestras propuestas literarias? ¿Y de la crítica?

La verdad es que no nos esperábamos tan buena acogida. Las críticas literarias son excelentes en general, supongo que porque encuentran interesante lo que hacemos y cómo lo hacemos, aunque es verdad que algunos medios de comunicación nos cuidan mucho y otros no tanto. Lo curioso es que algunas de las mejores críticas que hemos recibido las han hecho escritores a los que admiramos que se han comprado alguno de nuestros libros espontáneamente, eso hace aún más ilusión. Con los lectores compartimos el mismo amor por los libros y la literatura, intentamos compartirlo y contagiar nuestro entusiasmo, y la verdad es que recibimos más de lo que damos. Las redes sociales nos han acercado, nos han dado una vía directa de comunicación con ellos, y eso tiene mucho valor. En ese sentido, también recibimos la opinión de los libreros que nos sirve para aprender y mejorar cada día, son los que recomiendan y venden nuestros libros así que son los primeros a los que les tienen que gustar.

Sin duda, es impresionante que siendo una editorial tan joven tengáis en vuestras filas un ‘Premi Llibreter’, el premio de referencia que otorgan los libreros de Catalunya. ‘Todo está tranquilo arriba’, de Gerbrand Bakker, ¿qué os llamó la atención de este libro?

En realidad, este libro tenía casi diez años cuando nos interesamos por él. Se había publicado en una decena de países y la crítica era muy buena. Teníamos que leerlo, y nos encantó. Apenas habíamos constituido la editorial cuando ganó el Premio IMPAC en 2010 cuyos libros son nominados por las bibliotecas de todo el mundo, y pensamos que sería imposible publicarlo, porque alguna editorial se interesaría y se adelantaría, pero no fue así. Pensamos que un libro así, con esa capacidad para transmitir emociones en los diálogos tanto con las palabras como con los silencios, tenía que poder leerse en nuestra lengua, así que no lo dudamos un momento. 

«Sin libros publicados todavía nos fuimos a Londres y tuvimos que vender nuestro proyecto a la editora holandesa que tiene los derechos del libro y por lo que fuera, quizás porque le recordamos a ella cuando empezaba, confió en nosotros y nos los vendió»

En Rayo Verde también tienen cabida los autores nacionales, como el barcelonés Víctor Sabaté. Estar atentos a la narrativa española, ¿forma también parte de vuestras prioridades?

Por supuesto que sí. No creo que sea fácil hacerse un hueco porque ya hay editoriales que publican autores nacionales y que lo hacen muy bien, pero sí que es una prioridad, leemos los originales que recibimos (aunque ahora estamos un poco colapsados) y queremos dar oportunidad a las obras que consideramos que tienen la calidad necesaria para estar en nuestro catálogo. Además, procuramos establecer una relación de confianza con el autor y representarle también cuando vamos a ferias internacionales, ya que nuestras complicidades con otras editoriales nos puede facilitar que se publique en otros idiomas.

Como libreros, es nuestro trabajo preguntaros también qué secretos tendréis para los próximos meses. ¿Nos espera alguna apuesta fuerte esta primavera? ¿Y para la llegada del calor?

Pues sí, tenemos dos apuestas fuertes para los próximos meses.
En mayo publicaremos Historias inverosímiles, en general del autor escocés Alasdair Gray. Un conjunto de relatos, ilustrados por el propio autor donde se habla de temas diversos: de la estructura jerárquica de la sociedad, de la lingüística del siglo XVIII o de la explotación laboral de los patos, aunque tal vez no hable realmente de nada de eso.
Y en junio una apasionante y atípica novela negra del autor polaco Michal Witkowski, El Leñador, donde un escritor gay, curiosamente llamado Michal Witkowski, que tiene una extraña afición a los “tíos con casitas en lugares apartados”, se retira a la casita de un desconocido para escribir lo que debería ser su obra maestra.  Pero lo que verdaderamente le interesará será investigar el pasado del dueño de la casita, “el leñador” del título, junto con la desaparición de una belleza local ocurrida años atrás. Es una fascinante novela negra, que además nos muestra las dos caras de una Polonia que en poco tiempo pasó de una dictadura política a una dictadura del consumo, algo que aquí tampoco nos resulta extraño, ¿verdad? Del autor se ha dicho que es capaz de hacer que las páginas amarillas resulten una apasionante lectura.
Y para el regreso de vacaciones, en septiembre, llegará un Premio Cálamo, El Entenado de Juan José Saer, una joya desgraciadamente poco conocida en España que esperamos tenga buena acogida.